10 Curiosidades de la Música Clásica que te Van a Cambiar la Perspectiva

Vale, lo sabemos: en cuanto lees «música clásica» te ha entrado el impulso de cerrar esta pestaña y volver a la lista de reproducción de siempre. Lo entendemos. Pero antes de que huyas, escucha esto: mientras sentidoradio.com y compañía se pasan el día debatiendo si tal artista de reguetón se ha operado la nariz, aquí en La Peor Radio también le damos amor a los clásicos rebeldes, a los tipos con peluca que montaban escándalos, componían sordos, se emborrachaban antes de los conciertos y provocaban peleas en los teatros. Sí, has leído bien: peleas. Con puñetazos.

La música clásica que te vendieron en el colegio, con el profesor de turno poniéndote un CD mientras hacías fichas, no tiene nada que ver con la realidad. La realidad es más sucia, más loca y muchísimo más rebelde que cualquier polémica de trap actual. Aquí van diez curiosidades verificadas que te van a cambiar la perspectiva sobre unos tipos que llevan siglos criando malvas y que, aun así, siguen dando más caña que la mitad de los artistas de las listas de éxitos de hoy.

1. Beethoven compuso su obra más brutal estando prácticamente sordo

Empezamos fuerte. Ludwig van Beethoven no nació sordo: su oído funcionaba perfectamente hasta que, con veintitantos años, empezó a notar pitidos y zumbidos que no se iban. La cosa fue a peor de forma progresiva, y para cuando compuso su Novena Sinfonía (sí, la del «Himno de la Alegría» que suena hasta en los anuncios de coches), estaba prácticamente sordo. La escribió entre 1822 y 1824, es decir, en la fase más dura de su pérdida auditiva.

¿Cómo lo hizo? Pues tirando de memoria auditiva y de una comprensión brutal de la teoría musical: como había escuchado orquestas durante años antes de perder el oído, era capaz de «reconstruir» mentalmente cómo sonaría cada instrumento, cada combinación de notas, cada acorde. Componía en su cabeza lo que ya no podía oír con las orejas. Un musicólogo ha encontrado incluso pruebas de que Beethoven conservó algo de audición en el oído izquierdo hasta poco antes de morir en 1827, lo que matiza (pero no anula) el mito de la sordera total. En cualquier caso, el tío escribió una de las sinfonías más importantes de la historia de la música prácticamente sin poder escuchar su propia obra. Eso es más punk que cualquier disco que hayas escuchado este año.

2. En el estreno de la Novena, tuvieron que darle la vuelta para que viera los aplausos

Esta anécdota es tan buena que parece inventada, pero está documentada. El 7 de mayo de 1824, en el estreno vienés de la Novena Sinfonía, Beethoven insistió en estar presente dirigiendo (o al menos marcando el tempo) junto al director real, Michael Umlauf, al que se le había pedido a la orquesta que ignorase discretamente a Beethoven y siguiera solo a Umlauf. Al terminar la obra, el público estalló en una ovación enorme, con cinco salvas de aplausos, sombreros y pañuelos en el aire.

Beethoven, de espaldas al público y sin poder oír nada de aquello, se quedó mirando a la orquesta sin enterarse de lo que pasaba. Fue la contralto Caroline Unger quien tuvo que acercarse y girarlo físicamente hacia el público para que viera con sus propios ojos la que estaba liando. Imagínate componer la obra más aclamada de tu carrera y no poder ni oír cómo la aclaman.

Silueta de un compositor sordo componiendo al piano en una habitación con velas, estilo grunge retro

3. Mozart no murió pobre: murió arruinado por su propio tren de vida

El mito de Mozart como genio incomprendido que murió en la más absoluta miseria es precisamente eso: un mito. La realidad es más terrenal y, para qué negarlo, más identificable con cualquier famoso actual que se funde su fortuna en caprichos. Wolfgang Amadeus Mozart llegó a ganar unos 10.000 florines al año en la década de 1780, una cifra altísima para la época. El problema no era la falta de ingresos: era que Mozart y su mujer vivían a lo grande, con criados propios, ropa cara y muebles de lujo, muy por encima de lo que podían permitirse de forma sostenida.

¿Y lo de que lo enterraron en una fosa común por ser pobre? También es un malentendido histórico. Aquel tipo de enterramiento era el procedimiento estándar en la Viena de la época para alguien de su estatus social, no un castigo por pobreza. Fueron las generaciones posteriores, que ya no entendían esas costumbres funerarias, las que se inventaron la imagen del genio muerto en la indigencia. Mozart tuvo problemas de dinero, sí, pero por gastón, no por fracasado.

4. El niño prodigio real era bastante menos glamuroso de lo que canta la leyenda

Sí, Mozart fue un prodigio auténtico: con cinco años, antes de haber tocado nunca una pieza de teclado, se sentó y en media hora aprendió de memoria un minueto que estaba ensayando su hermana. A los siete años ya era una de las personas más famosas de Europa, paseado de corte en corte por su padre como una atracción de feria. Y ahí está la parte menos bonita del cuento: esa infancia de «niño maravilla» itinerante, sometido a giras agotadoras por toda Europa para lucirse ante la nobleza, no fue precisamente una infancia normal.

El Mozart adulto cargó durante toda su vida con la sombra de aquel niño-espectáculo: brillante, sí, pero también inestable económicamente, dependiente de encargos y favores de mecenas, y obligado a mendigar reconocimiento institucional que muchas veces no llegaba a la altura de su talento. La imagen edulcorada de la película de turno tiene poco que ver con un tipo que se pasó media vida peleando por conseguir un puesto fijo digno.

5. La «maldición de la Novena»: el mito que persiguió a media historia de la música clásica

Aquí va una superstición que roza directamente el terror gótico. Se conoce como la «maldición de la Novena» (Curse of the Ninth) y dice así: si un compositor escribe una novena sinfonía, está condenado a morir antes de terminar la décima. Suena a leyenda urbana, pero el patrón se repite de forma inquietante entre varios genios: Beethoven murió en 1827 sin terminar su Décima Sinfonía. Anton Bruckner murió en 1896 sin completar el último movimiento de su Novena. Y Gustav Mahler, que según cuenta la leyenda intentó «engañar» a la maldición componiendo una obra sinfónica pero llamándola «La canción de la Tierra» en lugar de numerarla como novena, acabó componiendo igualmente su Novena oficial… y murió en 1911 mientras trabajaba en la Décima, dejándola inacabada.

Eso sí, para pinchar un poco el globo del misterio: compositores como Dmitri Shostakóvich (15 sinfonías), Heitor Villa-Lobos (12) o el finlandés Havergal Brian (32 sinfonías) se pasaron la maldición por el forro sin ningún problema. Pero reconócelo: la lista de los que sí «cayeron» da bastante repelús.

6. Salieri no envenenó a Mozart (y él mismo lo negó en su lecho de muerte)

Gracias a la película «Amadeus» (1979 la obra de teatro, 1984 el filme), medio mundo cree a pies juntillas que Antonio Salieri asesinó a Mozart por envidia profesional. Es mentira, y hay pruebas de sobra. Los síntomas que sufrió Mozart antes de morir no encajan con ningún veneno conocido en la Viena de la época (ni mercurio ni la famosa «aqua toffana»), y los médicos que lo trataron nunca sospecharon un envenenamiento. La mayoría de historiadores actuales apuntan a que Mozart murió de fiebre reumática aguda, posiblemente agravada por una infección.

Lo curioso es cómo nació el rumor: Salieri, ya anciano, sufrió una crisis mental en 1823 y en un momento de delirio se acusó a sí mismo de haber matado a Mozart. Poco después, en un momento de lucidez, lo desmintió tajantemente: «no hay verdad en el absurdo rumor de que yo envenené a Mozart». Además, ambos compositores se llevaban bien en realidad: eran casi de la misma edad, colaboraron juntos en alguna pieza, y Salieri incluso asistió al estreno de «La flauta mágica» de Mozart y salió encantado. El mito se terminó de fijar cuando, cinco años después de la muerte de Salieri, el escritor Aleksandr Pushkin escribió una obra de teatro en la que sí lo mostraba envenenando a Mozart. Puro drama ficticio que se quedó grabado a fuego en la cultura popular.

7. Haydn metió un acorde bestial en mitad de una sinfonía solo para asustar al público

Vamos con algo más gamberro. Joseph Haydn compuso en 1791, durante su estancia en Londres, la Sinfonía número 94, conocida popularmente como la «Sinfonía Sorpresa». El motivo del nombre es sencillo: en mitad de un pasaje tranquilo y suave, de repente suena un acorde tremendamente fuerte que pilla al oyente completamente desprevenido. Es, literalmente, un susto musical metido a propósito en una obra «seria».

La leyenda popular dice que Haydn metió ese acorde para despertar a un noble inglés que se quedaba dormido en sus conciertos. El propio Haydn desmintió esa versión: cuando le preguntaron directamente si era verdad que había compuesto el famoso «golpe de tambor» para despertar a los ingleses dormidos en sus conciertos, contestó que no, que simplemente le interesaba «sorprender al público con algo nuevo» y no quedar por detrás de su antiguo alumno, Ignaz Pleyel, que estaba dando conciertos rivales en Londres por las mismas fechas. O sea, que el «susto sinfónico» nació de la competencia entre colegas de profesión. Más rock and roll, imposible.

8. Vivaldi era cura, pelirrojo y dejó de dar misa por «problemas respiratorios» muy convenientes

Antonio Vivaldi se ordenó sacerdote en 1703, con 25 años, y por su pelo rojo se ganó el apodo de «El Cura Rojo» («Il Prete Rosso»). Lo curioso es que dejó de oficiar misa relativamente pronto en su carrera, alegando que un problema de asma le impedía hablar en voz alta durante los oficios religiosos. Curiosamente, esa misma «dolencia» nunca le impidió componer sin parar, dirigir orquestas, dar conciertos y viajar por media Europa dedicado en cuerpo y alma a la música.

Además, Vivaldi tenía fama de componer a una velocidad de vértigo: se cuenta que era capaz de escribir un concierto entero en apenas unas horas. Con esa manera de trabajar no es tan raro que dejara un catálogo de más de 500 conciertos, entre ellos, claro, «Las Cuatro Estaciones», la obra que seguramente sonó en tu boda, en un anuncio o en la sala de espera del dentista sin que supieras quién la había compuesto.

Silueta de un compositor sacerdote pelirrojo escribiendo una partitura a la luz de las velas, estilo grunge retro

9. Wagner dividió Alemania musical en dos bandos enfrentados

Richard Wagner no era precisamente un tipo tranquilo: fue un revolucionario del género operístico gracias a su concepto del «Gesamtkunstwerk» (la «obra de arte total», donde música, texto, escenografía y drama debían fusionarse en un todo). Su forma de entender la música fue tan radical para su época que literalmente partió en dos la vida musical alemana del siglo XIX: por un lado, sus seguidores; por otro, los defensores de las formas más tradicionales asociados a Johannes Brahms. Dos bandos, dos filosofías musicales, un choque cultural que se vivió con la misma pasión (y el mismo mal rollo) con el que hoy se discute en redes sociales sobre qué género musical «vale más».

Wagner protagonizó además escándalos muy concretos, como el que se montó con el ballet erótico que incluyó al inicio del primer acto de su ópera «Tannhäuser», que escandalizó a buena parte del público parisino de la época. Genio, sí. Discreto, ni de coña.

10. Stravinsky provocó una pelea multitudinaria con puñetazos en un teatro de París

Y para cerrar con la curiosidad más salvaje de la lista: el 29 de mayo de 1913, en el estreno del ballet «La Consagración de la Primavera» («Le Sacre du Printemps») de Igor Stravinsky en el Théâtre des Champs-Élysées de París, se lio una gorda. Literal. Desde los primeros minutos, con ese solo de fagot en un registro tan agudo que resultaba casi irreconocible, parte del público empezó a abuchear con fuerza. La cosa fue escalando durante la representación hasta derivar en peleas a puñetazos, gente tirando sillas, empujones y hasta una señora que, según cuenta la historia, sacó un alfiler de sombrero para clavárselo al hombre de al lado (que podría haber sido, ni más ni menos, el propio Jean Cocteau).

La policía tuvo que intervenir en el descanso y sacó a la fuerza a unos cuarenta espectadores especialmente alborotados. Cuando arrancó la segunda parte, la policía ya ni siquiera pudo controlar los disturbios, que continuaron igualmente. Dato curioso: la palabra «motín» o «disturbio» no aparece en ninguna crónica periodística de la época (que hablaban de «escándalo» o «protestas»); el término que ha quedado fijado popularmente, «riot», se empezó a usar en 1924, más de una década después, cuando se reestrenó la obra y volvió a ponerse de moda. Sea como sea, un compositor «serio» de música orquestal provocando peleas callejeras en pleno teatro es de las cosas más punk que ha dado la historia de la música. Y eso que todavía no existía ni el punk.

Siluetas de un público enfrentado en un teatro durante un motín en un estreno musical de 1913, estilo grunge retro

La música clásica no era tan «clásica» como te la vendieron

Como puedes ver, estos señores con pelucas empolvadas y retratos serios en los libros de texto tenían más mala leche, más ego, más escándalos y más rock and roll del que jamás te contaron en el colegio. Componían sordos, se peleaban por dinero, provocaban motines en teatros y dejaban rumores de asesinato flotando en el aire durante siglos. Si eso no es tener personalidad de artista polémico, que baje Beethoven (sordo, eso sí) y lo diga.

Si te ha picado la curiosidad y quieres seguir tirando del hilo de la historia rebelde de la música, échale un ojo también a nuestro repaso de 9 bandas que se odiaban a muerte (y aun así hicieron historia juntas): verás que ni Wagner y Brahms ni Beethoven y su sordera tienen nada que envidiarle a las broncas del rock moderno. Al final, la historia de la música —clásica o no— siempre ha sido una historia de egos, rupturas y genios con muy poca paciencia.

Y si después de todo esto te han entrado ganas de escuchar estas obras como Dios (o Beethoven, sordo y todo) manda, en formato físico y con la calidez que ningún streaming te va a dar, aquí tienes una selección de vinilos y ediciones de música clásica en Amazon para darle al play sin prisa, con una copa de vino y sabiendo que detrás de cada nota hay bastante más drama del que imaginabas.

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